Las 122 millones de referencias que aparecen al googlear «Wikileaks» apenas nos alcanzan para comprender la dimensión del fenómeno que detonó esta iniciativa ciudadana aquel 28 de diciembre [2010] en que desnudó a la Casa Blanca, bajo la peculiar arenga, «La primera infoguerra ha comenzado. El campo de batalla es Wikileaks. Vosotros sois las tropas».
Existen, primero, los defensores acérrimos de Julian Assange, quienes lo elevan a símbolo mundial de la libertad de expresión y lo postulan para el Premio Nobel de la Paz 2011.
También quienes, como el periodista cubano Ernesto Hernández Busto, opinan que el tema va más allá de Wikileaks, pues «ésta sería la manifestación temprana de un fenómeno mucho mayor, que afecta de manera definitiva toda la vida contemporánea: una exigencia de transparencia».
Jon Lee Anderson, en cambio, plantea algunos aspectos deontológicos sobre el trabajo de Wikileaks y los periódicos de referencia global que aceptaron los más de 250 mil documentos filtrados del Departamento de Estado norteamericano. «Me incomoda ver cómo nuestros diarios se convierten en filtros para las filtraciones», ha declarado.
Pero precisamente Hernández Busto insiste en que Wikileaks sólo ha venido a «democratizar el acceso a la información», pues de cualquier modo «buena parte del periodismo del siglo XX se construyó a partir de filtraciones de información privilegiada».