Luces, cámara, acción: medium shot al hombre semidesnudo amarrado a una silla de cervecería, con una «Z» pintada en el pecho y amenazas en el resto del cuerpo. Voz en off de dos verdugos airados que lo interrogan. Seis minutos después, Verdugo 1 aparece a cuadro: le coloca una cuerda al cuello y dos barras de acero que funcionan como torniquete. Tres giros, espasmos… muerte. Corte.
Googlear «videos de ejecuciones» puede arrojar este tipo de resultados. O, según la eficacia de nuestro buscador, un millón 490 mil resultados en 0.09 segundos. «Estas imágenes extremas, que se construyen con un trasfondo de odio, odio hacia uno mismo y hacia los demás, estos videos que hacen un espectáculo de actos de barbarie, generan, en efecto, una nueva forma de barbarie: la de la indiferencia». La reflexión es de Michela Marzano, doctora en Filosofía, en su libro La muerte como espectáculo [Tusquets Editores, 2010].
¿Cuándo y cómo pasamos del rumor de las películas snuff a la «realidad-horror» difundida por internet, al alcance de todos? ¿La gente que ve estos videos quiere informarse, como alegan en los foros, o sólo les atrae la muerte filmada en directo? ¿Qué pulsiones conducen a una persona a navegar durante horas para dar con escenas de decapitaciones, degollaciones y otros actos de violencia?
Buscando las respuestas, Michela Marzano analiza la difusión de la violencia por internet y sus implicaciones éticas. «Es como si ya no existiera diferencia entre la ficción y la realidad; una vez que se ha adquirido la costumbre de mirar imágenes de extrema violencia, ¿por qué contentarse con la ficción-horror?, ¿por qué no acceder al horror real?», cavila.
Su análisis está enfocado en dos puntos esenciales: la difusión de la «realidad-horror» y la indiferencia de la sociedad ante el dolor y las tragedias humanas, clara señal del regreso a la barbarie.
Sobre un video de la ejecución de un prisionero por el grupo musulmán Ansar al-Sunna, Marzano aporta un análisis moral devastador: «El que está tumbado en el suelo, con los ojos vendados, esperando a ser degollado, ¿es un hombre? Sus verdugos, ¿son hombres? Y los que miran estos videos con indiferencia o con placer, ¿son hombres?».
En última instancia, apela a la corresponsabilidad en términos de especie humana: «Existe un vínculo entre la crueldad hacia los demás y el olvido de uno mismo como ser humano; ser despiadado y no experimentar ninguna empatía frente al sufrimiento de un semejante significa en uno y otro caso un desprecio por la humanidad, la misma que se comparte con la víctima».