Pepe el Toro nos habita

27.02.12 | por [mail] | Categorías: Proyecto de Violencia y Medios

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SANTA MARÍA HUATULCO.— El viernes, durante un taller de periodismo, cuando explicaba que el sistema de justicia penal acusatorio se fundamenta en el restablecimiento de los derechos de las víctimas, una colega reaccionó de manera interesante para comprender la ambigüedad en la que vivimos atrapados muchos periodistas por falta de profesionalización.

Decía que en el sistema inquisitorio imperante en México, los medios y los periodistas, articulados a él, pisoteamos los derechos de los imputados al mismo tiempo que invisibilizamos a las víctimas, enfocándonos en reproducir la versión que de ellos nos dan policía y ministerio público.

Además, que cuando aparecen las víctimas en el espacio mediático, si acaso no son criminalizadas y/o denigradas también, las presentamos como seres derrotados, perdedores que, ni hablar, ya se chingaron, y no como personas cuyos derechos fueron afectados, lo cual impone al Estado la obligación de conseguir, a través de la justicia, que tales derechos sean restablecidos de la mejor manera y lo más pronto posible.

Expuse que, por ejemplo, si una persona es asesinada, el Estado debe asegurarse de que su familia sea restituida, mientras que hoy no lo hace porque se centra en castigar a quien puede, independientemente de que sea culpable. También, que el sistema acusatorio prevé el resarcimiento. La periodista reaccionó diciendo que no había manera de remediar la pérdida de un ser querido, de compensar a una mujer por la pérdida de un hijo, sugiriendo que yo pretendía convencerlos de que algo así tenía un precio.

Y aquí se reveló una de las paradojas que explican tal vez porqué los periodistas, igual que policía, ministerio público y tribunales, solemos abandonar a las víctimas a su suerte, anulándolas como sujetos de derecho: tal cual si la vida fuera una epopeya arrabalera de Pepe el Toro, consideramos que no hay poder, salvo el divino, que pueda contra lo fatal y que entonces a nuestro sino hemos de atenernos.

¿Para qué andamos entonces de soberbios exigiendo al Estado que enderece lo que la vida enchuecó por intermediación de un desviado? ¡Vaya materialismo que pretende que una madre cuyo hijo le fue arrebatado por la muerte a manos de un violento puede ser, digamos, sobornable a través del resarcimiento impuesto al victimario por un juez!

Es claro que habitualmente nos resistimos a mirar y entender: a) el delito no como la derrota del bien por el mal, sino como un conflicto entre dos partes, y b) que al dirimirlo a través del proceso penal no se busca reivindicar al bien respecto del mal o confirmar que el acusado está del lado del mal y por su delito-pecado debe pagar a la sociedad —que siempre personifica el bien—, sino para proveer justicia a la víctima responsabilizando a quien la afectó.

Al día siguiente, el sábado, confirmé todo esto, cuando en otro taller con colegas ahora de Puerto Escondido, en varios momentos reapareció la sombra omnipresente del mal detrás de los más diversos actos humanos asociados a una noción moral muy generalizada en nuestra sociedad; recojo tres prejuicios, que además he escuchado con insistencia en otros foros de boca de periodistas:

1) Al contar un caso, un reportero policial dejó claro que una madre que para ir a su empleo deja a sus hijos pequeños en la casa, los abandona. Según tal discurso, esto no es parte de un problema estructural, donde el Estado escasamente provee a las madres el derecho a que sus hijos estén adecuadamente atendidos mientras ellas laboran; es resultado de mujeres malas, desnaturalizadas.

2) En otro momento, dos colegas intervinieron para afirmar que las cárceles son escuelas del crimen porque en ellas las personas aprenden formas de delinquir, aparte de que muchas de ellas salen aún «más malas». Es decir, universidades del mal, donde la mala sangre de las personas, su predisposición al delito, las hace volverse «más mañosas», y no sitios donde el Estado las confina muchas veces sin juicio, y expone a condiciones de abuso y a caer en las redes del crimen organizado, sin darles posibilidad de alguna de reinserción social.

3) Al final, otro reportero opinó que hay en las prisiones delincuentes que no tienen remedio, que aunque pasen decenas de años encerrados, siempre volverán a violar la ley, de modo que para que paguen su deuda con la sociedad y además el Estado no gaste miles de pesos en ellos, «me parece interesante la idea que escuché de que habría que matarlas y que sus órganos sean donados a quienes los necesitan».

Esto pone al periodismo contra la pared, pero sobre todo a la comunidad, que de este modo se divierte, se insensibiliza o se aterra con las noticias, perdiendo en cambio la posibilidad de informarse.

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Acerca de mlk

Foto: Víctor Hugo Asencio

Soy reportero con treinta años de experiencia en periodismo policial y judicial, y activista por la profesionalización de mis colegas. Coordino el Proyecto de Violencia y Medios (Insyde) y soy consultor de Open Society Justice Initiative. [más]
Escríbeme a marcolara@insyde.org.mx

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