De las mil 580 estaciones de radio que hoy transmiten a través del espacio radioeléctrico mexicano, el 76% pertenece a un puñado de corporativos familiares, «fenómeno antidemocrático», criticó sistemáticamente Miguel Ángel Granados Chapa, «que solo el cinismo social, esa plaga que enferma a México, puede admitir sin chistar».
Las organizaciones civiles y sus activistas deben sumarse a la presión ciudadana contra ese «cinismo social» que quebranta el derecho a la información, apostando por escuchar, nutrir, apoyar y promover la oferta radiofónica distinta a la privada, que con fortuna es cada vez mayor y más diversa en la Ciudad de México, emitida tanto universidades como por colectivos ciudadanos.
Ya no solo tenemos Radio UNAM, Radio Educación o Reactor 105.7 FM, Opus 94.5 FM u Horizonte 107.9 FM, emisoras que históricamente han sido opciones consistentes ante la oferta comercial. En la Ciudad de México hoy existen Ibero 90.9, UAM Radio y El Politécnico en Radio, lo mismo que radios libres como La kéHuelga.
Ibero 90.9, del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, por ejemplo, se anuncia como un espacio que «favorece la pluralidad de puntos de vista, busca contribuir al fortalecimiento de los valores propios de un régimen democrático y de justicia social a través de un espacio de diálogo, recreación cultural y reflexión social».
Sobre su barra programática —que incluye «programas de debate y un discurso musical alternativo e independiente»—, precisa que su finalidad es «enriquecer la oferta mediática de México y proponer un entretenimiento inteligente».
UAM Radio, de la Universidad Autónoma Metropolitana, está enfocada en la «promoción y defensa de la pluralidad ideológica, la diversidad cultural y el derecho a la información», mientras que El Politécnico en Radio, del Instituto Politécnico Nacional, busca «difundir la educación, cultura y tradiciones populares, además de los avances de la investigación científica y tecnológica».
La kéHuelga, que nació en 1999 como «medio alternativo de divulgación del movimiento estudiantil y su huelga en la UNAM», hoy es un espacio que da voz a un sinfín de iniciativas ciudadanas, relacionadas lo mismo con la defensa de la autonomía de los pueblos indígenas que con la exigencia para replantear la estrategia de seguridad del gobierno federal.
Cada una de esas opciones radiofónicas ha ido forjándose un lugar en el público pensante y proactivo de la capital del país, con una parrilla abundante en propuestas noticiosas y musicales cada vez mejor producidas y conducidas.
Y no es todo. Más allá del dial están posibilidades como iTunes, que registra un impresionante catálogo global de emisoras que podemos sintonizar con solo un clic.
Entre las ofertas nacionales, una de las más populares es Nos Llaman Calle, proyecto de la organización civil El Caracol, «cuya finalidad es promover la participación de la sociedad civil y la sensibilización y visibilidad del fenómeno callejero en México».
Pero igual pueden escucharse en línea, desde Argentina, las radios Zumba la Turba o La Quinta Pata, a través de las cuales se pretende reducir la violencia entre las barras futboleras y promover la no criminalización de los jóvenes.
Desde Brasil, Indymedia transmite útiles programas dirigidos específicamente a las mujeres de las favelas, y en Chile La Esperanza es una radio en línea cuyo fin es «educar para lo rural, a diferencia del discurso del Estado, que trata de educar para lo urbano».
Y, bueno, las alternativas se multiplican en todos los idiomas y desde todos los continentes, dando espacio múltiples expresiones sociales, incluidas las de resistencia y las de reivindicación de los derechos de las mujeres.
Sumémonos, al menos como radioescuchas, a este creciente auge de opciones libres de los pulpos radiofónicos y que han asumido la responsabilidad de ejercer por todos nosotros el derecho a la información.