«Es algo que venía planeando desde hace muchos años, junto a Ailed, mi prometida, pues siempre nos había interesado hacer este tipo de voluntariados. Escogimos Kenia por ser el corazón de la llamada ‘África negra’ y porque nos permitiría vincularnos con los masai. A partir de que vimos la película La princesa masai, nos impactó e interesó mucho esa cultura», explica.
Alejandro impartió clases de inglés y matemáticas a niños de grupos intermedios de primaria, «de cuarto, quinto y sexto año, pues en Kenia la primaria tiene ocho grados», y «algunos fines de semana tuvimos la oportunidad de recorrer algunos barrios marginados, tipo favela, y un campo de desplazados políticos. Ahí ayudábamos repartiendo comida, jugando con los niños y apoyando a los diferentes proyectos de desarrollo comunitario».
Un día de clases normal «comenzaba a las 8 de la mañana». Tras salir de su casa, donde al abrir la puerta podía tener un encuentro sorpresivo con una avestruz, una cebra o un antílope, «teníamos que caminar alrededor de 40 minutos para llegar a la escuela, en el momento en el que había honores a la bandera». Explica que «en Kenia la educación no es laica, así es que resulta común escuchar cantos y rezos en las ceremonias escolares. La gran mayoría de los masai se han convertido al cristianismo aunque también hay muchos que todavía profesan su religión tradicional. Es un sincretismo muy interesante».
Durante las clases, «el trato con los niños era divertido, se encariñaron mucho con nosotros y nosotros con ellos», aunque también «hubo momentos de mucho desgaste, sobre todo por los problemas de comunicación. Aunque los idiomas oficiales de Kenia son inglés y suajili, entre los masai se habla el idioma masai como primera lengua, por lo que era un poco frustrante darnos cuenta de que los niños no comprendían todo lo que decíamos y enseñábamos».
Una vez concluida la jornada escolar, a las 5 de la tarde, Alejandro y Ailed solían pasar la tarde «conociendo las casas, las llamadas manyattas, de diferentes familias, íbamos a tomar el té con los papás de los niños y en general convivíamos con la comunidad en diversas actividades», como la de dibujar un mapamundi sobre una barda, «pues descubrimos que no sabían absolutamente nada de geografía. De México solo tenían como referencia al Chicharito, y pensaban que éramos parte de Estados Unidos».
Ya de regreso, plenamente integrado a sus actividades en el Instituto, dice que la experiencia le pareció «increíble, porque te ayuda a entender diferentes realidades. Es decir, sabemos en términos generales cuáles son las condiciones de África, mal que bien ya vas hasta cierto punto mentalizado, pero allá te das cuenta de que hay muchas realidades diferentes. Es una la realidad la de los masai, por ejemplo, que de algún modo han elegido vivir de la manera en la que lo hacen por sus tradiciones y costumbres, y otra muy diferente la de aquellos que enfrentan la peor cara de la pobreza en los barrios marginados o la de los desplazados políticos que han sido despojados de todas sus cosas».