Los límites de la política en la globalización [UNAM/Porrúa, 2009], el más reciente libro de Germán Pérez Fernández del Castillo, investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, es una referencia invaluable para el debate actual sobre los alcances de la política en el contexto de la globalización neoliberal. Busca ilustrar cómo la política de nuestros tiempos ya no brinda certezas, de modo que el Estado-Nación se desdibuja en el lienzo posmoderno.
Pérez Fernández del Castillo detalla los alcances de una política entendida en su fase global, donde sus principales actores son de carácter no estatal. Dichos actores son identificados principalmente con las figuras de las empresas y organismos internacionales, ignorando la importancia de los actores locales; de hecho, denomina «subpolítica» el actuar de los movimientos sociales.
No analiza la política en los bordes del liberalismo, como lo hizo recientemente, por ejemplo, Benjamín Arditi. Identifica una privatización de la política, pero omite que este proceso también ha sido acompañado por un desbordamiento de la política hacia un espacio público no estatal, donde los actores locales de la sociedad civil juegan un papel primordial. Lo que para autores como Benjamín Arditi, Patricia Ramírez Kuri o Lucía Álvarez sería un espacio público no estatal donde se ejerce la política por actores de la sociedad civil, para Pérez Fernández del Castillo merece un status menor que, como se ha dicho, califica de «subpolítica».
Ofrece una visión restrictiva de la política, en el sentido de que se está dentro o fuera del Estado, pero no se puede estar en sus bordes. Esta restricción impregna al aparato conceptual del autor, quien por ejemplo califica irónicamente como «flamantes democracias» a México y Centroamérica, pero al mismo tiempo, apoyándose en Bobbio, reconoce las promesas incumplidas del régimen democrático existente. De esta forma, la democracia que reconoce es sólo en su versión de forma de gobierno, no de práctica social.
El descontento y desafección hacia la política que identifica se circunscriben a esa esfera restringida de lo político anclado a lo estatal. De esta perspectiva no se desprende la imagen de una sociedad civil autónoma, pues el autor siempre la concibe en relación con la estructura estatal. Este tipo de restricciones también son evidentes en la categorización que retoma sobre la ciudadanía: modelos liberal y republicano. Ignorando que la ciudadanía no es sólo una construcción respecto de la institucionalidad estatal, sino también referente a las relaciones cotidianas de poder. Así, ante el debate entre la democracia participativa y la representativa, toma partido por esta última, hasta reconocer que en las últimas décadas «se tornaron democráticos países previamente dictatoriales» y «se ha consolidado el ciudadano cosmopolita».
Las limitaciones de la política expuestas por el autor se deben en buena medida a su amplio manejo de la teoría posmoderna. Esta teoría muestra un carácter ahistórico cuando señala que hoy en día «lo que no se adapta al cambio, muere». Desde este enfoque, parece mostrar que para el posmodernismo todo es ambiguo e indefinido, de modo que las categorías clásicas del análisis político ya no sirven para entender la política de nuestros tiempos.
Ahora bien, a pesar de que, por ejemplo, las categorías de izquierda y derecha sean consideradas imprecisas en la llamada posmodernidad, el autor sigue empleando esos referentes para clasificar las posturas ante la crisis del Estado de bienestar, de modo que sitúa a Habermas a la izquierda y a Luhmann a la derecha.
Otra paradoja es que a lo largo del texto usan de manera indistinta «modernización» y «globalización», quedando imprecisa la ubicación de lo posmoderno. ¿Acaso propondrá que «moderno» y «posmoderno» son también sinónimos? Es una de las interrogantes abiertas, donde también puede ubicarse la indefinición de «semiglobalización», empleado en la Introducción.
Pero quizá la más grande interrogante que plantea sea si en verdad el Estado-Nación alguna vez fue proveedor de certezas, sobre todo en el llamado Tercer Mundo, donde no se constituyeron Estados de bienestar plenamente. Una de las líneas argumentativas fundamentales es que el Estado sí era proveedor de certidumbre en ámbitos como la soberanía, el trabajo, la familia y la educación. Aunque atina al describir impecablemente la crisis de la política estadocéntrica (sobre todo en su otrora monopolio jurídico y económico), no trata el supuesto de que en países como los de América Latina, la soberanía, el empleo, la familia y la educación no han sido ámbitos precisamente dotados de certeza.
Desde la perspectiva limitativa de la política, Pérez Fernández del Castillo brinda un esbozo del caso mexicano. Concibe la posibilidad de un «corporativismo sano» que no se construyó en México y reconoce un déficit de cultura política. Esto se contrapone a la perspectiva de una política en los bordes del liberalismo, donde el corporativismo no sólo incumbe a entes de interés público, sino privados, además de que la complejidad política impide hablar de un modelo único de cultura política, dada la existencia de diversas orientaciones subjetivas respecto a la multidimensionalidad de las relaciones de poder.
Y aquí resalta nuevamente la perspectiva estrecha de concebir solamente una práctica política dentro o fuera del Estado, nunca en el espacio borroso de ese tránsito. De esta manera, reconoce la embestida contra los trabajadores en el neoliberalismo, pero paradójicamente considera que desde la última década del siglo pasado ha habido procesos electorales limpios y transparentes en México. En esa misma disyuntiva, sostiene que «todos los ‘poderosos’ son económicamente poderosos», pero poco se habla de un empoderamiento de una sociedad civil que no se distingue precisamente por su bonanza.
Textualmente, se manifiesta a favor de «crear nuevos mecanismos que simplifiquen la complejidad». Esa visión anticompleja también se expresa en su propuesta de autonomía de lo económico frente a lo político. Al parecer, trata a lo complejo como lo complicado, y no como el tejido de relaciones entre conceptos interdefinibles, a la manera de teóricos de la complejidad como Edgar Morin o Rolando García. Desde este par de autores, Pérez representaría una propuesta política simplista, sin una actitud interdisciplinaria que le permita ver más allá del marco teórico epistemológico de la posmodernidad.
Al eludir la complejidad asume una postura ahistórca, de modo que, por ejemplo, para el autor resultan novedosas las nuevas formas trasnacionales del crimen organizando, ignorando procesos históricos como el tráfico de esclavos o la piratería. Va a contracorriente de los sistemas complejos, pues propone una autonomía entre los sistemas político, social y económico. Tal simplificación se enfrenta a una realidad compleja donde las barreras entre dichos sistemas son borrosas y en ocasiones ni siquiera existen. Desde una visión histórica y compleja, el problema no sería la unión entre el poder económico y el político, sino las relaciones de los sujetos respecto de dicho proceso.
Este libro aporta sólidos argumentos que evidencian una privatización de la política; no obstante, deja de explorar las posibilidades del ejercicio de la política más allá del ámbito institucional. Más que tratar los límites de la política, parece ocupase de sus limitaciones. Al asumir referentes posmodernos, se da primacía al desencanto pero no se proponen salidas, lo que sí han hecho recientemente autores como Pablo González Casanova y Víctor Flores Olea, quienes en sus últimas obras han identificado el compromiso, la utopía y la esperanza (tres elementos ajenos y hasta contrapuestos a la visión posmoderna) como imprescindibles para la construcción de otro mundo posible. Pérez Fernández del Castillo acierta en mostrar la oscuridad del túnel, pero brinda pocos elementos para encontrar la salida. Las limitaciones de la política recaen en la dicotomía estatal-no estatal, pero los límites reales llegan hasta donde lo permite el arte de lo posible.