
«Un día que no sabía qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: ‛Voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá‛». Parece que quien habla es el novelista, y sí, pero al mismo tiempo es un personaje de su historia. Es lo que nos propone Miguel de Unamuno en Niebla, un juego donde autor y personajes interactúan descaradamente.
Enrique Bouchot, que es quien recomienda esta obra, nos adelante que «es completamente lúdica. Llega un momento, por ejemplo, en que el personaje principal se quiere suicidar y va a ver a su creador, que es Miguel de Unamuno, para avisarle, y éste le responde que no, que él decidirá cuándo deba morir. O sea, el autor se crea a sí mismo como personaje, pero asumiéndose como autor».
La estructura de Niebla está basada, más que en la descripción de situaciones, en diálogos y reflexiones. Por ejemplo, Unamuno, como personaje, apunta: «Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a veces su carácter será no tenerlo».
Para Enrique, el trasfondo de la novela es descubrir a través de la conversación «si el ser es porque es o por lo que refleja ser», si somos individuos por lo que somos en esencia o por lo que aparentamos, «como estar en una obra de teatro donde todos somos actores».
El siguiente diálogo da cuenta del humor de Unamuno y representa de algún modo lo que significa Niebla:
«—El caso es que en esta novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
—Pues acabará no siendo novela.
—No, será... nívola».