Jon Hall tiene pinta de rockstar, look desparpajado y actitud políticamente incorrecta. Su nombre de batalla es Maddog (Perro Rabioso) y es el obstinado símbolo global contra el establishment informático. Desde 1988 preside Linux International, líder mundial en software libre. «Lo único que a Microsoft le interesa es Microsoft, no la gloria de la humanidad», ha reprochado a los monopólicos amos de la paquetería computacional patentada.
Su lucha, sin embargo, se remonta a 1983, cuando con un grupo de desarrolladores comenzó el activismo en pro de la creación y uso de software libre bajo dos premisas: «¿Por qué pagar por algo que podemos obtener gratis?» y «¿Por qué seguir enriqueciendo a las grandes transnacionales?».
En consonancia, Richard Stallman, fundador de GNU, organización global que fomenta el uso de tecnología libre desde 1984, ha declarado que «usar programas libres es un asunto de libertad más que de precio: debe pensarse en ‘libre’ como ‘libertad de expresión’ y no como ‘cerveza gratis’».
Y Mitchell Barker, presidenta de la Fundación Mozilla, habla a su vez del desarrollo de software sin ánimo de lucro como una forma de «incidir en las características fundamentales y fundacionales de la Web: abierta, transparente, descentralizada, que no sólo sea un espacio para consumir sino para crear y participar».
En un inicio, la lucha de estos activistas parecía descomunal, considerando la envergadura de sus «enemigos», entre ellos Microsoft, IBM, Dell y HP. Pero hoy esos gigantes están en entredicho y la paquetería libre es cada vez más popular en el mundo, sobre todo entre las organizaciones de la sociedad civil. En España, un informe del Centro Nacional de Referencia de Aplicación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, precisa que casi el 85% de dichas organizaciones en Europa utiliza sistemas open source, en tanto que a nivel latinoamericano el liderazgo lo tiene Brasil, con el 75%.
Maddog tiene una hipótesis sobre este progreso: «Además de la obviedad de ser económicamente más rentable que comprar software con licencia, las ONG están utilizando programas libres como una especie de congruencia ideológica: no quieren seguir alimentando al monstruo, quieren un mundo distinto».
Hoy la oferta de software libre está en expansión y se perfecciona a toda velocidad. Específicamente, para organizaciones civiles son alternativas de lo más atrayentes Openoffice, la versión gratuita equivalente a la suite de oficina que constituye el buque insignia de Microsoft ─incluye procesadores de texto, diapositivas y hojas de cálculo─; para crear sitios Web, Joomla es una plataforma amigable y profesional; Hypertable y mongoDB son sistemas gratuitos para elaborar hasta las más complejas bases de datos; y Firefox, navegador Web veloz, limpio, dinámico y altamente compatible, que ha ido quitándole usuarios a Explorer por miles.
Veamos, finalmente, un ejemplo en términos de rentabilidad económica: En febrero [2010] llegó a México la nueva versión de Office, de Microsoft; cada licencia cuesta 5 mil 600 pesos. Un mes antes, Openoffice puso en línea su versión más actualizada, la 3.2, gratis.
Desde la sociedad civil, este escenario nos sitúa frente a dos preguntas fundamentales:1) ¿tiene sentido seguir engordando monopolios o quedar desactualizados por no poder pagarles?, y 2) ¿el tránsito desde la tecnología patentada hacia la abierta es imperativo por razones de orden ético-ideológico?